Robert y Laura tienen 33 y 31 años respectivamente. Estos hermanos viven en Burgos con sus padres y sus respectivos cónyuges e hijos (cada uno de ellos tiene cuatro criaturas) desde el año 2003. La mayor parte del tiempo se han dedicado al trabajo en el campo o en la construcción aunque ahora, con motivo de la crisis, viven únicamente con el Ingreso MÃnimo de Inserción (IMI) que, en su caso, supera ligeramente los 500 euros.
Con esta cantidad pagan el alquiler de sus casas, los gastos y la comida. Sus niños van al colegio. El mayor de Laura saca muy buenas notas y ya está en el instituto. Dicen, muy convencidos, que se sienten muy a gusto en la ciudad y sin los problemas que pudieran suponerse de su pertenencia a dos de los colectivos sociales más discriminados: son gitanos e inmigrantes rumanos. El trabajador social de Promoción Gitana David Carretero corrobora que existe «un buen nivel de integración» en la ciudad de este grupo que tantas horas está ocupando actualmente en los medios de comunicación desde que Francia decidiera expulsar de su territorio a cientos de ellos: «Viven normalizados en pisos de alquiler, pagan regularmente y no suele haber ningún tipo de conflicto». Estos jóvenes forman parte de un colectivo que en Burgos suma 123 personas y unas 37 familias, en su mayor parte, numerosas. Llegaron a España porque aseguran que en su paÃs «es imposible vivir», que los sueldos son la mitad que aquà mientras que los productos de primera necesidad tienen los mismos precios. Aquà se dedican a la construcción, a la chatarra y a la agricultura aunque, admite Carretero, hay algún caso también de personas que se dedican a ofrecer servicios de limpieza de parabrisas en los semáforos. «Es cierto que esta gente está expuesta a una doble discriminación por su condición de gitanos y, además, inmigrantes. Por eso desde aquà les ofrecemos un apoyo integral, desde búsqueda de empleo y vivienda hasta formación y educación», añade. En este sentido, remarca que todos los niños están escolarizados, «nada que ver con lo que era antaño, está todo muy normalizado, de hecho, este año hemos notado un gran repunte en la participación de los chavales en las actividades de verano».
Como mucho, al Sur
Laura y Robert no tienen ni la más mÃnima intención de volver a su ciudad natal, Giurgiu, muy cerca de la frontera con Bulgaria. «En Burgos nos sentimos como en casas y vemos que la gente tiene muy buen corazón, además nuestros niños están muy bien aquû, asegura ella. Asà las cosas, el viaje más largo que van a emprender es a Sevilla si hay suerte y encuentran trabajo: Uno de sus hermanos ha ido de avanzadilla para ofrecerse en la recogida de la aceituna. Mientras tanto, observan sobrecogidos todo lo que está ocurriendo en Francia: «No nos parece nada bien lo que está pasando allÃ, nosotros somos iguales, como todas las personas y llevamos una vida normal aunque con poco dinero. Por eso no es justo que echen a esas personas de Francia. No es justo que por algunos que roben piensen que todos somos unos ladrones. Espero que no pase aquû, dicen Robert. |